viernes, 23 de diciembre de 2016

PALABRAS


Había olvidado el bálsamo de las palabras. Como te va curando la inquietud unos dedos tecleando pensamientos en un ordenador.

Le va bien el nombre “ordenador” a esta máquina, “el que ordena”.

Eso es lo que hacen mis pensamientos cuando se traducen en palabras concretas sobre un papel o sobre una pantalla; ordenarse, organizarse, disponerse. Y mientras eso sucede se va disipando el huracán de las emociones que puebla el pecho. Poco a poco, palabra a palabra, sale por mis dedos esta incomprensión que a veces es vivir.

Que suerte tenemos de la comunicación, que suerte tenerla y que desgracia necesitarla. Ojalá bastara con una mirada o una caricia, con un grito gutural o con una melodía tarareada a media voz… Pero no, necesitamos las palabras para poder comunicar el laberinto que es a veces lo que sentimos. Palabras que expliquen, que estructuren, que definan. Palabras erradas o certeras, palabras que esquiven o que narren con valentía. Palabras ineludibles. A veces dejando que salgan con el automatismo del absurdo, otras medidas y sopesadas a cuenta gotas, ciñéndose precisas a lo que se quiera comunicar. Ambas formas son factibles, buenas en un momento u otro. La verborrea incontrolable del humor, la escasez de ellas cuando la seriedad asoma, cuando el enfado engaña, cuando mejor pocas, que muchas.

Y cuando encuentras un buen interlocutor… ¡Ah! ¡Que maravilloso juego del intelecto! ¡Nada hay mejor que una conversación estimulante! ¡Que un diálogo electrizante! Palabras juguetonas haciendo cosquillas a las neuronas, ¡despertando el ingenio! Bueno, algo hay mejor que ello, el sexo, pero si está precedido de palabras chispeantes el cuerpo se dispone mucho mejor a la caricia y al orgasmo, la palabra acompañando la piel, susurrándole al poro.

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